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La primera agresión

Miguel Alvarado/ ATQH
Toluca, México; 8 de septiembre de 2022


Para comenzar a exponer el peligro que representa trabajar en medios de comunicación en México, es necesario dejar muy claro que la primera agresión que sufren quienes laboran en esos centros de trabajo proviene de su propia empresa.

Y quienes ejecutan esa primera agresión- que luego da pie a una serie estructurada de ellas, que va subiendo de tono, que se va encadenando a las que sufren por ejemplo periodistas en la calle, en coberturas o debido a la naturaleza de sus investigaciones- son los dueños de las empresas, los directores, quienes ocupan jefaturas y quienes tienen incluso un mínimo poder en esos lugares.

La primera agresión no es un grito, un insulto, un golpe. La primera agresión tiene la forma de un contrato de trabajo. O la ausencia de un contrato de trabajo. Es el sometimiento de firmar papeles que no están relacionados con lo laboral y que condicionan la contratación. Es aceptar un salario que apenas permite sobrevivir y a condicionar que la vida de periodistas.

Y después, la segunda agresión también proviene de los dueños, de los jefes inmediatos que obligan a trabajar a quien han contratado en condiciones adversas. Para un periodista no hay horario de entrada ni de salida pero sí un reloj checador.

No hay pago de horas extras porque aquí ese es un concepto de lo más ambiguo. Tampoco hay seguridad social y sólo se tiene un día de descanso a la semana. Se conceden seis días de vacaciones al año, un número que no crece conforme pasa el tiempo. Siempre serán seis. Los aumentos salariales responden al humor de los patrones pero nunca o casi nunca al buen desempeño.

Hay Redacciones en las que incluso se han cerrado con llave los baños “porque huelen feo” y los empleados deben encontrar la manera de resolver el problema. El contrato que se firma es temporal y marca usualmente que uno es contratado por honorarios, lo cual quiere decir que en esa modalidad uno podría tener varios empleos. Pero es casi imposible porque el centro de trabajo obliga a cumplir una carga de horas que no permite ni buscar ni cumplir en otros lugares.

¿Salarios? En Toluca varían, pero van desde los 3 mil pesos quincenales hasta los 5 mil, en el caso de periodistas, redactores y diseñadores. Y en el caso de alguna coordinación general, 10 mil pesos quincenales. Y ya. Nadie gana más que eso en un solo lugar.

Ahora, sí, ya comienzan los maltratos. Podemos enumerarlos.

  1. El patrón o jefe se siente estafado porque de acuerdo a su punto de vista los empleados no cumplen las órdenes como él quiere. Así que se victimiza y lo hace saber. Se comporta como alguien que “ha dado todo” por el bienestar de quienes trabajan para él. Grita, insulta, presiona de manera innecesaria.
  2. Luego descubre que generar un caos así le ayuda a deshacerse del personal y eso es conveniente porque no se generan derechos.
  3. Los jefes de los departamentos no sólo no están capacitados para dirigir, sino que alguien les hizo creer que hay que utilizar la técnica del insulto para motivar a sus subordinados. Y eso hacen. También creen que el acoso sexual es un derecho que su silla les confiere. Y eso practican.
  4. Los subordinados viven en constante presión, pero se trata de una presión innecesaria, que no se sujeta a ningún objetivo excepto el de “producir” o el de “salir a tiempo, sea como sea”.
  5. El periodismo en Toluca responde a contratos con los distintos gobiernos y empresas con los que el medio tiene tratos. En Toluca no hay periodismo de investigación ni reportajes o crónicas. Tampoco entrevistas a fondo o por lo menos interesantes. La opinión se circunscribe a columnas escritas o grabadas por los dueños o directores, y representan un interés personal, pero no comunitario, ciudadano o colectivo.
  6. No hay interés de la empresa por capacitar a nadie. Uno mismo debe hacerlo.
  7. La sensación de ser un mueble más en la oficina es cosa de todos los días.

Y con todo esto, que es apenas una somera aproximación al entorno laboral, el cual es mucho más complejo, desgastante y doloroso, ahora viene la parte en la que quien reportease enfrenta a la calle con su sola habilidad y la pura suerte.

Allí encontrará nuevas agresiones, esta vez físicas, que ponen en riesgo todos los días la vida. Habrá insultos, pedradas, palos, amenazas directas e indirectas, intentos de soborno, reclamos por notas informativas, golpes, daños a equipo fotográfico y en muchos casos la imposibilidad de proponer una agenda propia, que interese al periodista y a la comunidad.

También nos encontramos conque nadie va a defendernos, ni la empresa ni tampoco las autoridades. Apenas nos tenemos a nosotros mismos, a lo que un colectivo de trabajadores de medios puede impulsar desde lo aprendido y compartido.

Cada uno de quienes hemos trabajado en medios podemos contar una historia al respecto. Y cada uno recordará esas primeras y segundas agresiones. También recordará la violencia de la calle, la del narco, la de las zonas de riesgo a las que se va prácticamente solo.

Todo lo anterior quiere también decir que siempre será buen momento para asociarse y reclamar por los derechos de quienes laboran en los centros informativos. Opciones como la Asamblea Tenemos que Hablar, que impulsa la defensa de los empleados, que denuncia la violencia imperante y que se estructura desde la organización de periodistas como nosotros, que han vivido situaciones similares a nosotros, son puertas que deben tocarse.

En el Estado de México se ha comenzado a construir una sección de la Asamblea Tenemos que Hablar, que invita a afiliarse a quienes estén interesados.
Sin unidad es muy difícil conseguir algo.
Siempre será buen momento para buscar unirse.

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